En el siglo XVIII se produce en la Europa occidental la confluencia de una serie de factores sociales y culturales en torno al legado de la Grecia clásica, que contribuirán decisivamente a materializar el paso del rococó al neoclásico. El inevitable agotamiento de dicha corriente, hasta la que había derivado el sobrecargamiento barroco, dio lugar, como reacción, a una búsqueda de la sencillez y la naturalidad, y en este sentido el ejemplo más adecuado no podía encontrarse sino en la antigüedad clásica: volver la mirada hacia los orígenes, hacia los cimientos de nuestra cultura, era garantía de estar tomando como referente lo esencial, la idea, la belleza en estado puro.
Siglos atrás, ya había vuelto Europa los ojos hacia la antigüedad, y entonces fue la Roma clásica la que sirvió de espejo en el que mirarse (pues, en el fondo, el Renacimiento buscaba en ella poco más que un mero modelo estético). Pero ahora, la concepción ilustrada de la Historia concibe ésta como una evolución, un desarrollo en las civilizaciones, y no como una simple sucesión de acontecimientos. Así pues, si se pretendía buscar apoyo en los cimientos originarios, en la auténtica esencia del clasicismo, había que ir más allá de Roma, pues en cierto modo la cultura romana no había sido sino una adaptación, incluso una desvirtuación, de la griega: había que viajar a Grecia. Y no sólo en sentido metafórico; también en un sentido físico, geográfico.
En efecto, el recién despertado filohelenismo invita a no pocos arqueólogos a rescatar del olvido y la destrucción las ruinas griegas, a la sazón en manos del invasor turco. La Sociedad de Diletantes, una institución británica formada por cultos y refinados gentelmen aficionados a la arqueología, y en especial al legado clásico, financia expediciones a Grecia, como la de Nicholas Revett y Richard Chandler, y contribuye a la publicación de obras como Antigüedades de Atenas y Antigüedades de Jonia, en las que se recogen reproducciones de monumentos clásicos, con datos sobre su emplazamiento, detalles de inscripciones, etc. La difusión de estas obras por la Europa del momento constituye una aportación esencial a aquella corriente de filohelenismo.
Durante el siglo XVIII y principios del XIX, se extiende también la costumbre de realizar lo que se denominado el “grand tour”: los jóvenes de familias acomodadas inglesas realizaban un viaje al continente con el fin de culminar sus estudios con un baño de cultura clásica. Y si Roma representaba el máximo esplendor del clasicismo, Grecia constituía su esencia, su origen: allí se encontraban los escenarios en los que se habían desarrollado la Ilíada y la Odisea, y allí, en aquellos lugares y entre aquellas gentes, latía el mismo espíritu que había animado la creación de tan magníficas epopeyas. Las impresiones recogidas por estos jóvenes estudiantes, muchos de ellos petimetres pero algunos otros grandes intelectuales, resultaron sumamente valiosas para la conservación del legado helénico.
Pero sin duda el personaje que más contribuye a consolidar el ideal clásico es Johann Joachim Winckelmann (quien, paradójicamente, nunca pisó tierras griegas). Éste revoluciona el método arqueológico: atrás había quedado la simple búsqueda de objetos con un fin meramente atesorador o crematístico, que había caracterizado el procedimiento practicado por los “arqueólogos” medievales; pero ahora él consigue superar también los métodos de datación y clasificación seguidos por los anticuarios del XVII. Winckelmann crea un lenguaje para analizar las obras buscando en ellas la expresión de la belleza que encierran y la emoción que producen. Según su interpretación, en la Grecia antigua, en el marco de un clima político y cultural que promueve la libertad individual y el desarrollo del arte, la naturaleza se siente como un todo bello y armonioso, y los artistas buscan (y, para él, alcanzan) la perfección al imitar la naturaleza. En su obra La historia del arte en la antigüedad, Winckelmann propone que los artistas del momento deben imitar, ya no los modelos clásicos, como hicieron los renacentistas, sino la forma de imitar la naturaleza que practicaron los artistas griegos, buscando en ésta la belleza ideal, la esencia misma de las cosas.
A principios del siglo XIX, tiene lugar el hecho que mejor refleja la impulsiva corriente de protección del patrimonio artístico de la Grecia antigua que se había desatado durante el siglo anterior: la adquisición de los frisos del Partenón por parte del gobierno inglés para su exhibición en el Museo Británico. En la actualidad, este traslado se considera casi unánimemente como un expolio, y esta es la razón por la que no se deje de demandar su devolución. Sin embargo, en aquel momento se entendió como una necesidad de conservar un patrimonio que se estaba destruyendo: había que proteger para las generaciones futuras aquella expresión de los orígenes de la cultura europea. Y esa necesidad se confirmó cuando los turcos, que hasta entonces no había demostrado sino menosprecio por tan singulares ruinas, no tuvieron reparo en venderlas y permitir que salieran de Grecia. Los frisos del Partenón, ya instalados en el Museo Británico, se convirtieron para los estudiantes de Bellas Artes en una auténtica escuela de dibujo, lo que constituyó un elemento más para la difusión de la corriente neoclasicista por Europa.
Hemos considerado hasta aquí cómo una serie de factores tan diferentes como el “grand tour” de los estudiantes ingleses, el patrocinio de las expediciones arqueológicas por parte de la Sociedad de Diletantes, la necesidad de encontrar una alternativa al agotado rococó por vía de la sencillez y la naturalidad, los trabajos de Winckelmann e incluso el paternalista traslado de los frisos del Partenón, confluyeron en un movimiento neoclásico, y específicamente neohelénico, que hizo a Europa volver los ojos hacia la antigua Grecia. Pero eso no es todo. La culminación de esta corriente se produce cuando aquellos países europeos que habían enriquecido su bagaje cultural poniendo su mirada en la antigua civilización que había constituido su origen, ahora llevados de un impulso romántico de defensa de la libertad, convierten su filohelenismo en un programa político que identifica la Grecia actual con el espíritu griego clásico que se intentaba recuperar; y así, apoyan a Grecia en su lucha por la independencia (1821-1827) frente a la ocupación turca, considerando que, de algún modo, con ello se recuperará el espíritu de libertad que caracterizó la época de esplendor de la patria de Homero, Pericles y Fidias.
Mostrando entradas con la etiqueta arqueología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta arqueología. Mostrar todas las entradas
martes, 2 de febrero de 2010
Arqueología 4. Pompeya, la ciudad resucitada
Pompeya, ciudad romana cuyos orígenes se remontan al siglo VI a. C., desparece en el año 79 de nuestra era, sepultada bajo una capa de ceniza volcánica y polvo de piedra pómez producida por la erupción de Vesubio. El lugar que ocupaba se vio convertido de pronto en un extenso páramo, lo que llevó a pensar a los contemporáneos que la ciudad había quedado arrasada y que sus habitantes, en torno a 20.000, habían perecido.
Sin embargo, aquella capa que fue el manto mortal de Pompeya, sirvió también para conservarla durante siglos, casi intacta, de manera que su descubrimiento ha venido a aportarnos la más rica información sobre el modo de vida cotidiano en la Roma del siglo I. Lo que en el ámbito de la arqueología y de la historia hasta el momento eran conjeturas, a partir de entonces comenzaron a ser certezas: en las ruinas de otras ciudades, la disposición de los cimientos o de la basa de unas columnas nos dan la idea de la distribución de una casa o de un templo, y el hueco de unas cisternas y unas piscinas nos permite ubicar el emplazamiento de unas termas; en Pompeya, sin embargo, uno puede pasearse por sus calles, caminando por el pavimento original, entre edificios, y entrar en una domus como si fuera un invitado el pater familias, y sentarse en los bancos de piedra de una taberna, como si hubiera retrocedido dos mil años, o más exactamente, como si el tiempo se hubiera detenido en esa ciudad, resucitada diecisiete siglos después de morir.
Los primeros indicios de la existencia de la Pompeya soterrada se hallaron por casualidad a finales del siglo XVI, pero las primeras excavaciones arqueológicas como tal no se llevarían a cabo hasta 1748, ordenadas por Carlos de Borbón, rey de Nápoles.
En el siglo XVIII comenzaba a perfilarse la consideración de la arqueología como ciencia, una ciencia cuyo objeto de estudio eran los vestigios materiales procedentes de la antigüedad. No obstante, la devoción que despertaban los hallazgos no era todavía plenamente científica: aún pesaba mucho el afán de posesión hacia todo aquello que pareciera un tesoro; y en cuanto a lo que resultara artístico, existía la creencia de que, puesto que en algún momento anterior había sido bello, había que restaurarlo para mejorar su estado actual, y con tan noble propósito se le intentaba quitar lo que supuestamente le sobraba y se le añadía lo que parecía faltarle.
Esta consideración de las excavaciones como yacimientos de objetos artísticos fue la que influyó de forma decisiva en la implantación del neoclasicismo. Del mismo modo que en el Renacimiento las esculturas procedentes de hallazgos casi casuales se convirtieron en objeto de colección para las familias más poderosas (que intentaban acrecentar su prestigio haciendo ostentación de su patrimonio artístico) y en fuente de inspiración para los artistas del momento, así también el descubrimiento de Pompeya y Herculano vino a sumarse en el siglo XVIII a la corriente de recuperación del arte grecorromano, caracterizado por su pureza de estilo y su sencillez formal, como reacción a la artificiosidad del Rococó. La diferencia entre el Renacimiento y el Neoclasicismo radica en que en este último no se busca ya la imitación: no se trata de ajustarse al canon clásico para crear belleza, sino de partir del espíritu clásico para reelaborarlo; naturalmente, esto produjo horrores artísticos en los que se mezclaban estilos sin criterio y se empleaban elementos grecorromanos de forma superficial.
Winckelmann, uno de los arqueólogos más influyentes del momento, aportó también a aquella corriente de neoclasicismo su visión esteticista de los vestigios de la antigüedad: éstos eran intrínsecamente bellos y como tal podían considerarse arte. Participó activamente en la recuperación de Pompeya y Herculano, y para él, sus calles, sus edificios, sus frescos... conservados en estado casi puro, eran la máxima expresión de la belleza.
El resultado es que en el siglo XVIII apenas se llevaron a cabo interpretaciones sobre la dimensión histórica de tan importante hallazgo.
La labor de recuperación realizada en Pompeya a lo largo de estos dos siglos y medio ha aportado, en cambio, una gran cantidad de información sobre la vida cotidiana en la Roma del siglo I. Los materiales descubiertos tal vez no tengan el valor artístico de otros hallazgos, pero, en su conjunto, constituyen el mayor testimonio de la cultura romana. Y es así como han de contemplarse, en su conjunto, ya que la destructora capa de ceniza conservó cada cosa en su lugar: joyas, objetos de adorno personal, armas, monedas, herramientas, utensilios domésticos e incluso alimentos, constituyen un legado cultural que, con el paso de los siglos, se habría dispersado, o más probablemente destruido. Se han encontrado también documentos que han permitido reconstruir la actividad legal y mercantil de la ciudad. Pero si algo transmite información singular es el hallazgo de los huecos dejados por los cuerpos de los pompeyanos bajo la capa solidificada de polvo de lava. Rellenando las cavidades con yeso, las figuras tridimensionales salieron a la luz: el soldado haciendo guardia, los hombres bebiendo en la taberna, la joven intentando poner a salvo sus joyas, la madre protegiendo a su hijo, el perro custodiando la casa... Con ellos, la arqueología había dejado de ser el rescate de objetos, piedras, mosaicos o frescos antiguos: ahora también era el hallazgo de personas y animales inmortalizados en el último instante de su existencia.
En conjunto, Pompeya constituye un escenario casi vivo en el que es posible recrear el ambiente de la Roma del siglo I: sus calles, sus edificios, los objetos de uso cotidiano y hasta sus propios habitantes, prodigiosamente conservados, nos aportan la más completa información sobre la cultura romana.
Sin embargo, aquella capa que fue el manto mortal de Pompeya, sirvió también para conservarla durante siglos, casi intacta, de manera que su descubrimiento ha venido a aportarnos la más rica información sobre el modo de vida cotidiano en la Roma del siglo I. Lo que en el ámbito de la arqueología y de la historia hasta el momento eran conjeturas, a partir de entonces comenzaron a ser certezas: en las ruinas de otras ciudades, la disposición de los cimientos o de la basa de unas columnas nos dan la idea de la distribución de una casa o de un templo, y el hueco de unas cisternas y unas piscinas nos permite ubicar el emplazamiento de unas termas; en Pompeya, sin embargo, uno puede pasearse por sus calles, caminando por el pavimento original, entre edificios, y entrar en una domus como si fuera un invitado el pater familias, y sentarse en los bancos de piedra de una taberna, como si hubiera retrocedido dos mil años, o más exactamente, como si el tiempo se hubiera detenido en esa ciudad, resucitada diecisiete siglos después de morir.
Los primeros indicios de la existencia de la Pompeya soterrada se hallaron por casualidad a finales del siglo XVI, pero las primeras excavaciones arqueológicas como tal no se llevarían a cabo hasta 1748, ordenadas por Carlos de Borbón, rey de Nápoles.
En el siglo XVIII comenzaba a perfilarse la consideración de la arqueología como ciencia, una ciencia cuyo objeto de estudio eran los vestigios materiales procedentes de la antigüedad. No obstante, la devoción que despertaban los hallazgos no era todavía plenamente científica: aún pesaba mucho el afán de posesión hacia todo aquello que pareciera un tesoro; y en cuanto a lo que resultara artístico, existía la creencia de que, puesto que en algún momento anterior había sido bello, había que restaurarlo para mejorar su estado actual, y con tan noble propósito se le intentaba quitar lo que supuestamente le sobraba y se le añadía lo que parecía faltarle.
Esta consideración de las excavaciones como yacimientos de objetos artísticos fue la que influyó de forma decisiva en la implantación del neoclasicismo. Del mismo modo que en el Renacimiento las esculturas procedentes de hallazgos casi casuales se convirtieron en objeto de colección para las familias más poderosas (que intentaban acrecentar su prestigio haciendo ostentación de su patrimonio artístico) y en fuente de inspiración para los artistas del momento, así también el descubrimiento de Pompeya y Herculano vino a sumarse en el siglo XVIII a la corriente de recuperación del arte grecorromano, caracterizado por su pureza de estilo y su sencillez formal, como reacción a la artificiosidad del Rococó. La diferencia entre el Renacimiento y el Neoclasicismo radica en que en este último no se busca ya la imitación: no se trata de ajustarse al canon clásico para crear belleza, sino de partir del espíritu clásico para reelaborarlo; naturalmente, esto produjo horrores artísticos en los que se mezclaban estilos sin criterio y se empleaban elementos grecorromanos de forma superficial.
Winckelmann, uno de los arqueólogos más influyentes del momento, aportó también a aquella corriente de neoclasicismo su visión esteticista de los vestigios de la antigüedad: éstos eran intrínsecamente bellos y como tal podían considerarse arte. Participó activamente en la recuperación de Pompeya y Herculano, y para él, sus calles, sus edificios, sus frescos... conservados en estado casi puro, eran la máxima expresión de la belleza.
El resultado es que en el siglo XVIII apenas se llevaron a cabo interpretaciones sobre la dimensión histórica de tan importante hallazgo.
La labor de recuperación realizada en Pompeya a lo largo de estos dos siglos y medio ha aportado, en cambio, una gran cantidad de información sobre la vida cotidiana en la Roma del siglo I. Los materiales descubiertos tal vez no tengan el valor artístico de otros hallazgos, pero, en su conjunto, constituyen el mayor testimonio de la cultura romana. Y es así como han de contemplarse, en su conjunto, ya que la destructora capa de ceniza conservó cada cosa en su lugar: joyas, objetos de adorno personal, armas, monedas, herramientas, utensilios domésticos e incluso alimentos, constituyen un legado cultural que, con el paso de los siglos, se habría dispersado, o más probablemente destruido. Se han encontrado también documentos que han permitido reconstruir la actividad legal y mercantil de la ciudad. Pero si algo transmite información singular es el hallazgo de los huecos dejados por los cuerpos de los pompeyanos bajo la capa solidificada de polvo de lava. Rellenando las cavidades con yeso, las figuras tridimensionales salieron a la luz: el soldado haciendo guardia, los hombres bebiendo en la taberna, la joven intentando poner a salvo sus joyas, la madre protegiendo a su hijo, el perro custodiando la casa... Con ellos, la arqueología había dejado de ser el rescate de objetos, piedras, mosaicos o frescos antiguos: ahora también era el hallazgo de personas y animales inmortalizados en el último instante de su existencia.
En conjunto, Pompeya constituye un escenario casi vivo en el que es posible recrear el ambiente de la Roma del siglo I: sus calles, sus edificios, los objetos de uso cotidiano y hasta sus propios habitantes, prodigiosamente conservados, nos aportan la más completa información sobre la cultura romana.
Arqueología 3. Los albores de la ciencia arqueológica: de los coleccionistas a los anticuarios
El fin del feudalismo que se produce en el período de transición de la Edad Media al renacimiento, y los cambios sociales y económicos que lleva aparejado, dan lugar a la aparición de una nueva clase noble, más culta y adinerada, que se funde y se confunde con una incipiente burguesía de origen comercial. Ambas intentarán encontrara algún vínculo con un pasado glorioso que les dé prestigio cultural y justifique así su reciente advenimiento a la élite, y en este sentido, el pasado antiguo resultaba más adecuado que el pasado reciente: Grecia y Roma aparecían revestidas de un esplendor del que la oscura Edad Media carecía.
Las piezas escultóricas que las excavaciones iban sacando a la luz, y que hasta entonces habían sido menospreciadas por no ajustarse a los esquemas culturales del Medievo, se convierten ahora en un referente perfecto de ese pasado de esplendor, y la actividad materialista, posesiva, acumuladora, de esos nuevos ricos hizo de ellas un objeto de deseo para sus colecciones privadas. Si atesorar obras de arte clásico es signo de poder, las principales familias de la alta sociedad italiana comienzan a rivalizar entre sí por la posesión de la colección más esplendorosa. Como, naturalmente, las obras de arte son limitadas, y sobre todo no pueden estar en dos palacios a la vez, se hacen copias a tamaño natural mediante el procedimiento del vaciado en escayola. De este modo, las obras se difunden con una extraordinaria rapidez por toda Europa, ya que tanto los monarcas como las familias principales desean poseer también colecciones que acrecienten su prestigio.
Por otro lado, los mecenas encargan a sus artistas protegidos obras que imiten tanto los temas como el estilo grecorromano; y así, en un intento de no perder el carro de la modernidad, los artistas de la época comenzaron a esculpir siguiendo los cánones clásicos, lo cual confería a aquellas antiguas piezas escultóricas que salían de debajo de la tierra un significado artístico, además del valor como símbolo de poder que sus propietarios les atribuían. De este modo, a mediados del siglo XVI ya no existía ninguna duda: lo bello era lo clásico, y por consiguiente bello era también lo moderno que seguía sus cánones.
No obstante, si bien es cierto que durante el Renacimiento se colecciona y se imita, pero no se investiga sobre aquellos restos materiales de la cultura grecorromana, no lo es menos que ya entonces había aparecido un grupo de investigadores que se dedican a desenterrar esos vestigios del pasado y a coleccionarlos, con un afán de estudiarlos, clasificarlos, reflexionar sobre ellos, darles un sentido cultural… más que con un afán meramente posesivo. Son los anticuarios: John Tradescant, John Leland o William Camden fueron los pioneros en buscar, datar, registrar, clasificar, preservar e investigar sobre los vestigios materiales procedentes de las excavaciones arqueológicas, y en darles un sentido intrínsecamente cultural, no solamente artístico y mucho menos crematístico.
Si bien la actividad de los anticuarios no puede considerarse todavía una investigación “científica”, sus estudios sobre las fuentes de la civilización occidental constituirán un referente para los historiadores de la Ilustración. En el siglo XVIII, en el entorno de las sociedades científicas se gesta un nuevo humanismo, que vuelve a centrar su interés en la cultura grecorromana, pero ya no tanto en la escultura y la arquitectura, o en las obras literarias, las cuales habían sido fuente de inspiración artística en el Renacimiento, como en aquellos otros restos materiales procedentes de las ruinas, tales como monedas, joyas, jarrones y demás objetos de uso cotidiano, carentes en principio de valor, pero que con sus inscripciones vendrán a revolucionar el método de interpretación histórica.
Hasta entonces, los historiadores habían basado su narración de los hechos en un método cronológico, inspirándose en fuentes fundamentalmente literarias: Tito Livio, Tácito, Suetonio… y sin plantearse que fuera necesario reescribir la historia, tal era la categoría de autoridad que se confería a estos autores. Los anticuarios, puestos al frente de las excavaciones arqueológicas, llevan a cabo una actividad cuasi científica de recopilación, datación, conservación e interpretación de vestigios, y abordan la historia desde un punto de vista más sistemático, relacionando objetos según el ámbito al que pertenecen: la topografía, la religión, la ley, el comercio, etc.
Este nuevo humanismo coincide con una corriente de escepticismo filosófico, el pirronismo, encabezada por Bayle y Huet, que invadió el pensamiento de la época y que se basaba en dudar sistemáticamente de todo, en tanto no se tuvieran pruebas fiables que demostraran su veracidad. Así, en lo tocante a la narración de los hechos históricos, ¿qué podían considerarse pruebas fiables: los testimonios literarios o las inscripciones, monedas y jarrones? Pues, si bien estas últimas también podían ser objeto de falsificación, los pirronianos les concedían más fiabilidad, ya que las narraciones literarias, basadas muchas veces en testimonios subjetivos, podían ser voluntaria o involuntariamente falseadas o tergiversadas.
La evidencia arqueológica comienza así a ser considerada prueba de los acontecimientos pasados, y la información aportada por los objetos de menaje, más fiable que los testimonios literarios.
No obstante, los estudios de los anticuarios, sistemáticos, casi científicos, tienen unos objetivos no muy diferentes de los de los historiadores: la búsqueda de la verdad, de manera que a la narración de los hechos se sumaron a partir de entonces los datos obtenidos de inscripciones, monedas… procedentes de excavaciones, que proporcionaban información sobre las costumbres, la religión, las leyes, el comercio… configurando, en suma, más que una narración lineal de los hechos, la descripción de una civilización.
Poco a poco, a finales del siglo XVIII, de la mano de arqueólogos como Winckelmann y Gibbon, se empieza a admitir que el método de investigación de los anticuarios no es incompatible con la reflexión filosófica sobre la historia, y que ambas disciplinas se complementan en la configuración de una civilización. Así, la incipiente arqueología se hace menos simplista, pues ya no se basa únicamente en recoger y clasificar vestigios, y la narración histórica se enriquece con aspectos que superan la mera sucesión cronológica de hechos, elaborada en base a testimonios y fuentes literarias.
Las piezas escultóricas que las excavaciones iban sacando a la luz, y que hasta entonces habían sido menospreciadas por no ajustarse a los esquemas culturales del Medievo, se convierten ahora en un referente perfecto de ese pasado de esplendor, y la actividad materialista, posesiva, acumuladora, de esos nuevos ricos hizo de ellas un objeto de deseo para sus colecciones privadas. Si atesorar obras de arte clásico es signo de poder, las principales familias de la alta sociedad italiana comienzan a rivalizar entre sí por la posesión de la colección más esplendorosa. Como, naturalmente, las obras de arte son limitadas, y sobre todo no pueden estar en dos palacios a la vez, se hacen copias a tamaño natural mediante el procedimiento del vaciado en escayola. De este modo, las obras se difunden con una extraordinaria rapidez por toda Europa, ya que tanto los monarcas como las familias principales desean poseer también colecciones que acrecienten su prestigio.
Por otro lado, los mecenas encargan a sus artistas protegidos obras que imiten tanto los temas como el estilo grecorromano; y así, en un intento de no perder el carro de la modernidad, los artistas de la época comenzaron a esculpir siguiendo los cánones clásicos, lo cual confería a aquellas antiguas piezas escultóricas que salían de debajo de la tierra un significado artístico, además del valor como símbolo de poder que sus propietarios les atribuían. De este modo, a mediados del siglo XVI ya no existía ninguna duda: lo bello era lo clásico, y por consiguiente bello era también lo moderno que seguía sus cánones.
No obstante, si bien es cierto que durante el Renacimiento se colecciona y se imita, pero no se investiga sobre aquellos restos materiales de la cultura grecorromana, no lo es menos que ya entonces había aparecido un grupo de investigadores que se dedican a desenterrar esos vestigios del pasado y a coleccionarlos, con un afán de estudiarlos, clasificarlos, reflexionar sobre ellos, darles un sentido cultural… más que con un afán meramente posesivo. Son los anticuarios: John Tradescant, John Leland o William Camden fueron los pioneros en buscar, datar, registrar, clasificar, preservar e investigar sobre los vestigios materiales procedentes de las excavaciones arqueológicas, y en darles un sentido intrínsecamente cultural, no solamente artístico y mucho menos crematístico.
Si bien la actividad de los anticuarios no puede considerarse todavía una investigación “científica”, sus estudios sobre las fuentes de la civilización occidental constituirán un referente para los historiadores de la Ilustración. En el siglo XVIII, en el entorno de las sociedades científicas se gesta un nuevo humanismo, que vuelve a centrar su interés en la cultura grecorromana, pero ya no tanto en la escultura y la arquitectura, o en las obras literarias, las cuales habían sido fuente de inspiración artística en el Renacimiento, como en aquellos otros restos materiales procedentes de las ruinas, tales como monedas, joyas, jarrones y demás objetos de uso cotidiano, carentes en principio de valor, pero que con sus inscripciones vendrán a revolucionar el método de interpretación histórica.
Hasta entonces, los historiadores habían basado su narración de los hechos en un método cronológico, inspirándose en fuentes fundamentalmente literarias: Tito Livio, Tácito, Suetonio… y sin plantearse que fuera necesario reescribir la historia, tal era la categoría de autoridad que se confería a estos autores. Los anticuarios, puestos al frente de las excavaciones arqueológicas, llevan a cabo una actividad cuasi científica de recopilación, datación, conservación e interpretación de vestigios, y abordan la historia desde un punto de vista más sistemático, relacionando objetos según el ámbito al que pertenecen: la topografía, la religión, la ley, el comercio, etc.
Este nuevo humanismo coincide con una corriente de escepticismo filosófico, el pirronismo, encabezada por Bayle y Huet, que invadió el pensamiento de la época y que se basaba en dudar sistemáticamente de todo, en tanto no se tuvieran pruebas fiables que demostraran su veracidad. Así, en lo tocante a la narración de los hechos históricos, ¿qué podían considerarse pruebas fiables: los testimonios literarios o las inscripciones, monedas y jarrones? Pues, si bien estas últimas también podían ser objeto de falsificación, los pirronianos les concedían más fiabilidad, ya que las narraciones literarias, basadas muchas veces en testimonios subjetivos, podían ser voluntaria o involuntariamente falseadas o tergiversadas.
La evidencia arqueológica comienza así a ser considerada prueba de los acontecimientos pasados, y la información aportada por los objetos de menaje, más fiable que los testimonios literarios.
No obstante, los estudios de los anticuarios, sistemáticos, casi científicos, tienen unos objetivos no muy diferentes de los de los historiadores: la búsqueda de la verdad, de manera que a la narración de los hechos se sumaron a partir de entonces los datos obtenidos de inscripciones, monedas… procedentes de excavaciones, que proporcionaban información sobre las costumbres, la religión, las leyes, el comercio… configurando, en suma, más que una narración lineal de los hechos, la descripción de una civilización.
Poco a poco, a finales del siglo XVIII, de la mano de arqueólogos como Winckelmann y Gibbon, se empieza a admitir que el método de investigación de los anticuarios no es incompatible con la reflexión filosófica sobre la historia, y que ambas disciplinas se complementan en la configuración de una civilización. Así, la incipiente arqueología se hace menos simplista, pues ya no se basa únicamente en recoger y clasificar vestigios, y la narración histórica se enriquece con aspectos que superan la mera sucesión cronológica de hechos, elaborada en base a testimonios y fuentes literarias.
Etiquetas:
anticuarios,
arqueología,
mecenas,
vestigios
Arqueología 2. La Edad Media y la arqueología crematística
En la actualidad, la arqueología constituye una ciencia social que, a través de los restos materiales pertenecientes a civilizaciones pasadas, intenta conocer cómo eran éstas en cada momento de su historia y explicar el proceso que las llevó a desaparecer, o bien a evolucionar, perpetuándose en culturas posteriores.
Sin embargo, no siempre fue así. Si bien es verdad que todo grupo humano siente cierto grado de curiosidad por sus orígenes, en los primeros siglos de nuestra era los vestigios del pasado, encontrados generalmente en enterramientos, eran considerados sin valor o interpretados como una especie de “reliquias” vinculadas a héroes de gloriosas etapas anteriores de su propio pueblo, y revestidas por tanto de un significado mítico religioso.
El pensamiento medieval entraña, en cierto modo, una prolongación de esta concepción religiosa de la vida, si bien la referencia a los antecedentes culturales no se encuentra ya en las leyendas sobre los héroes locales, sino en la Biblia. Así, el hallazgo de restos materiales procedentes de civilizaciones anteriores (hallazgos casuales, pues la búsqueda intencional aún habría de tardar) distaba mucho de ser interpretado desde cualquier perspectiva historicista, ni siquiera por eruditos de la época como Carlomagno: las joyas encontradas en los enterramientos eran valoradas desde un punto de vista fundamentalmente crematístico, dinerario; las esculturas podía tener en todo caso algún valor artístico, pero desde luego, los utensilios de menaje, la cerámica, las herramientas, etc. carecían absolutamente de valor y eran despreciados, ya que los “anticuarios” medievales no sabían, o no tenían ningún interés en atribuirles una significación cultural. En efecto, éstos no pueden considerarse arqueólogos en un sentido estricto, ya que aún están muy lejos de albergar presupuestos científicos que les lleven, no ya a especular sobre la trascendencia histórico-cultural de los hallazgos, sino ni siquiera a transformar éstos en datos clasificables o generalizables. Si máximo interés residía, por el momento, en poseer, coleccionar, atesorar… objetos antiguos de indiscutible valor crematístico. Incluso el valor artístico que atribuían a algunos de ellos no dejaba de resultar un tanto peculiar, ya que estaba pasado por el fino tamiz de su concepción del mundo, indisolublemente unida a la religión. En este sentido, toda ruina de monumento o de edificación antigua era “saqueada” en busca de cualquier objeto que pudiera tener algún valor: desde las esculturas de deidades grecorromanas, que eran despectivamente mutiladas por ser consideradas paganas, hasta los bloques de piedra de templos y palacios, que eran reutilizados en la edificación de los muros de nuevas construcciones tanto religiosas como civiles, pasando por las joyas o monedas halladas en los enterramientos, que terminaban formando parte de las colecciones privadas con un significado casi dinerario.
La baja Edad Media, sin embargo, con sus cambios sociales y económicos, traería una renovación del pensamiento. La nueva nobleza y la incipiente burguesía intentan justificar su irrupción en el poder estableciendo vínculos con un pasado glorioso que les dé prestigio, y el período clásico de Grecia y Roma se convierte así a la vez en antecedente remoto (saltando el oscuro período altomedieval) de la civilización occidental y en referente ideológico sobre el que desarrollar la nueva cultura europea.
Ahora sí que se empieza a excavar buscando vestigios del pasado, pero todavía o existe un interés científico que impulse a la reflexión sobre la significación de los hallazgos; tan sólo un matiz se añade a la consideración crematística que hasta entonces habían tenido los restos materiales de la antigüedad: las piezas de arte grecorromano encontradas, además de ser objeto de deseo entre coleccionistas ansiosos de aumentar su prestigio, constituyen una fuente de inspiración creativa para los artistas del momento, lo que, dicho de otro modo, significa que comienzan a ser contempladas como un hecho artístico en sí mismas.
Sin embargo, no siempre fue así. Si bien es verdad que todo grupo humano siente cierto grado de curiosidad por sus orígenes, en los primeros siglos de nuestra era los vestigios del pasado, encontrados generalmente en enterramientos, eran considerados sin valor o interpretados como una especie de “reliquias” vinculadas a héroes de gloriosas etapas anteriores de su propio pueblo, y revestidas por tanto de un significado mítico religioso.
El pensamiento medieval entraña, en cierto modo, una prolongación de esta concepción religiosa de la vida, si bien la referencia a los antecedentes culturales no se encuentra ya en las leyendas sobre los héroes locales, sino en la Biblia. Así, el hallazgo de restos materiales procedentes de civilizaciones anteriores (hallazgos casuales, pues la búsqueda intencional aún habría de tardar) distaba mucho de ser interpretado desde cualquier perspectiva historicista, ni siquiera por eruditos de la época como Carlomagno: las joyas encontradas en los enterramientos eran valoradas desde un punto de vista fundamentalmente crematístico, dinerario; las esculturas podía tener en todo caso algún valor artístico, pero desde luego, los utensilios de menaje, la cerámica, las herramientas, etc. carecían absolutamente de valor y eran despreciados, ya que los “anticuarios” medievales no sabían, o no tenían ningún interés en atribuirles una significación cultural. En efecto, éstos no pueden considerarse arqueólogos en un sentido estricto, ya que aún están muy lejos de albergar presupuestos científicos que les lleven, no ya a especular sobre la trascendencia histórico-cultural de los hallazgos, sino ni siquiera a transformar éstos en datos clasificables o generalizables. Si máximo interés residía, por el momento, en poseer, coleccionar, atesorar… objetos antiguos de indiscutible valor crematístico. Incluso el valor artístico que atribuían a algunos de ellos no dejaba de resultar un tanto peculiar, ya que estaba pasado por el fino tamiz de su concepción del mundo, indisolublemente unida a la religión. En este sentido, toda ruina de monumento o de edificación antigua era “saqueada” en busca de cualquier objeto que pudiera tener algún valor: desde las esculturas de deidades grecorromanas, que eran despectivamente mutiladas por ser consideradas paganas, hasta los bloques de piedra de templos y palacios, que eran reutilizados en la edificación de los muros de nuevas construcciones tanto religiosas como civiles, pasando por las joyas o monedas halladas en los enterramientos, que terminaban formando parte de las colecciones privadas con un significado casi dinerario.
La baja Edad Media, sin embargo, con sus cambios sociales y económicos, traería una renovación del pensamiento. La nueva nobleza y la incipiente burguesía intentan justificar su irrupción en el poder estableciendo vínculos con un pasado glorioso que les dé prestigio, y el período clásico de Grecia y Roma se convierte así a la vez en antecedente remoto (saltando el oscuro período altomedieval) de la civilización occidental y en referente ideológico sobre el que desarrollar la nueva cultura europea.
Ahora sí que se empieza a excavar buscando vestigios del pasado, pero todavía o existe un interés científico que impulse a la reflexión sobre la significación de los hallazgos; tan sólo un matiz se añade a la consideración crematística que hasta entonces habían tenido los restos materiales de la antigüedad: las piezas de arte grecorromano encontradas, además de ser objeto de deseo entre coleccionistas ansiosos de aumentar su prestigio, constituyen una fuente de inspiración creativa para los artistas del momento, lo que, dicho de otro modo, significa que comienzan a ser contempladas como un hecho artístico en sí mismas.
Etiquetas:
arqueología,
crematístico,
medievo,
vestigios
Arqueología 1. Aproximación a la arqueología
Desde un punto de vista etimológico, la arqueología es la ciencia que trata de lo antiguo: estudia los restos materiales de las culturas de épocas pasadas, encontrados generalmente bajo tierra.
Se trata, por tanto, de algo más que de traer al presente vestigios del pasado y, por supuesto, de mucho más que de desenterrar objetos antiguos. Se trata, en efecto, de interpretar tales vestigios, de conocer profundamente a través de ellos la cultura de la que proceden… y, finalmente, de comprender nuestra cultura actual, en cuanto consecuencia de aquélla.
Sin embargo, a lo largo de la historia no siempre ha existido este concepto de arqueología que hoy nos resulta tan incuestionable.
En los primeros siglos de nuestra era, no existía un verdadero interés por los restos materiales de civilizaciones anteriores: eran meros testimonios de pueblos antiguos, pero no servían para interpretar la historia.
Durante la Edad Media, no se supera esta visión de los restos procedentes de culturas anteriores, ya que la historia del mundo se rige por la narración bíblica, lo que impone una datación muy peculiar con respecto a los orígenes del hombre, y además todos los aspectos de la cultura se contemplan a la luz del cristianismo, lo que supone reutilización o, peor aún, destrucción de vestigios de civilizaciones paganas.
El Renacimiento supone una recuperación de la antigüedad clásica, y en este sentido los vestigios grecorromanos representaban una importante fuente de información. Puede decirse que es en esta época cuando nace la arqueología como actividad, aunque todavía está muy lejos de tener una dimensión histórica, que dé un significado profundo a los hallazgos. En efecto, los renacentistas se interesan por los restos materiales desde un punto de vista fundamentalmente artístico, y así, constituyen una fuente de inspiración para los artistas, o un objeto de deseo para los mecenas, procedentes de la nobleza o de la alta jerarquía eclesiástica, que, como anticuarios, enriquecen con ellos sus colecciones privadas. De este modo, en esta época nos encontramos actitudes tan dispares como la creación del Museo Capitolino, promovido por el papa Sixto IV, o la imitación llevada a cabo por Miguel Ángel de un conjunto escultórico que representaba a Laoconte y que fue descubierto en la época, o incluso la utilización de piedras procedentes del Coliseo para la construcción de la basílica de San Pedro.
Según ese movimiento que con frecuencia trazan las corrientes culturales, en el Barroco pierde fuerza la búsqueda de restos procedentes de un pasado ya superado. Sin embargo, un siglo después, en el XVIII, vuelve el impulso recuperador de la antigüedad: se recupera el interés por las excavaciones, triunfa el arte neoclásico, inspirado en los cánones grecorromanos…
Si hay un personaje al que debemos atribuir el impulso experimentado por la arqueología es Winckelmann. Él es el primero en superar el mero afán expoliador de las excavaciones con un propósito de coleccionar, atesorar, imitar… Él analiza sistemáticamente los restos desde un punto de vista artístico, susceptibles de ser clasificados, ordenados cronológicamente… Si algo se le puede achacar es que se centra demasiado en los aspectos estéticos de las piezas halladas, y no tanto en su significado histórico.
En el primer tercio de este siglo se produce el mayor hallazgo arqueológico de la historia, si no desde un punto de vista artístico, sí desde un punto de vista cultural: bajo la lava y las cenizas que arrojó el Vesubio el 20 de agosto del año 79, yacían escondidas dos ciudades: Pompeya y Herculano. El endurecido sedimento las había conservado tal y como eran; el tiempo se había detenido en ellas, para mostrárnoslas, sin el inevitable deterioro de la acción humana, diecinueve siglos después. Aquellas eran ciudades prácticamente vivas, que nos hablaban del modo de vida cotidiano en el siglo I: la tienda con sus productos, el horno con el pan cociéndose, el prostíbulo con sus pinturas sugerentes, los talleres con sus herramientas… Y, lo que es más importante, sus habitantes… o lo que quedaba de ellos: el hueco dejado por sus cuerpos en la lava al solidificarse, que Goldsmit rellenó con yeso para devolverles el volumen. Los restos que las excavaciones encontraban ya no eran piedras, mosaicos o frescos, en definitiva cosas: eran personas, animales inmortalizados en el último instante de su vida. Pero claro, aún tenía demasiada fuerza el neoclásico afán por recuperar el arte grecorromano, y aquellos vestigios no aportaban demasiado al arte: el afán por encontrar tesoros intactos y poseerlos llevó en algunos casos a una excavación más arrasadora que selectiva.
Ese mismo afán de posesión fue el que, pretextando un desinteresado proteccionismo, movió al gobierno británico a “rescatar” de un supuesto peligro de ruina obras de arte atenienses tan emblemáticas como los frisos del Partenón.
Pero ya bien entrado el siglo XIX la ciencia arqueológica (que ya puede denominarse así, aunque sus principios difieran todavía de los que actualmente la rigen) adquirirá nuevos derroteros. Schliemann no pretendía buscar tesoros, ni siquiera obras de arte: movido por su amor a los textos homéricos, dedicó sus esfuerzos a encontrar el emplazamiento de la antigua ciudad de Troya. Y así, siguiendo las fuentes literarias, excavó en la colina de Hissarlik. Quizás le sobrara entusiasmo legendario y le faltara un poco de rigor científico, pero Schliemann dio con muros que él identificó con el palacio de Príamo, un fabuloso tesoro que él imaginó perteneciente a la bellísima Elena, y unas tumbas en las que dedujo que reposaban Agamenón y sus compañeros. La crítica posterior pondría de relieve la inexactitud de aquellas atribuciones, pero lo que hoy es incuestionable es que dio con la ciudadela de Micenas, cuna de una civilización anterior al esplendor helénico. Curiosamente, aquel arqueólogo movido por un espíritu más legendario que científico, vino a introducir un nuevo matiz en la ciencia de la búsqueda de vestigios del pasado: lo que interesaba no era ya tanto la posesión de obras de arte, sino la recuperación del espacio, el tiempo, el ambiente en que se había desarrollado una civilización que constituía los cimientos de la nuestra.
Entre tanto, a mediados de ese mismo siglo XIX, os científicos se estaban preguntando por el origen del hombre, o lo que es lo mismo, por la prehistoria humana. Según la teoría evolucionista, defendida por Lyell o Darwin, la existencia del hombre se remontaba a no menos de cien mil años, durante los que se produjo una evolución en la especie humana a partir de animales de la familia de los primates. Los restos paleontológicos hallados en las distintas capas de la tierra llevaron a científicos como Martillet o Lubbock a distinguir entre cuatro edades: la de la piedra tallada, la de la piedra pulimentada, la del bronce y la del hierro. El paso de una etapa a otra respondería a un proceso de evolución, lo que llevaría a deducir a Morgan que tal proceso consistía en una progresión desde el salvajismo a la civilización, y, lo que es más, que tal desarrollo tecnológico entrañaba un desarrollo moral. Sin embargo, esta teoría no constituía sino una explicación del origen de la cultura occidental y una justificación de su supuesta superioridad, tras una larga evolución hacia la perfección. Y es que la teoría evolucionista nació en el marco de una Europa colonialista, necesitada de justificar el intervencionismo político y cultural… y por consiguiente económico. Tal vez por ello, frente al evolucionismo surgió el difusionismo, que pretendía explicar cómo era posible que en un continente como América, aislado de Europa, se produjera una evolución cultural paralela que había alcanzado un nivel equivalente al europeo.
En la actualidad, la arqueología se inclina más hacia una postura intermedia, que podríamos denominar evolucionismo multilineal o difusionismo modificado, y que se inspira en los postulados de Vere Gordon Childe: las civilizaciones son el resultado de un proceso de evolución, pero las líneas de evolución no son únicas: cada cultura evoluciona de un modo diferente, en función de factores tan dispares como el medio ambiente, los contactos interculturales, las migraciones, las invasiones…
En cualquier caso, plantearse la existencia de una prehistoria dentro de la evolución de la humanidad, lo que sí supuso fue la introducción de una visión historicista de las sucesivas civilizaciones. Desde esta perspectiva (no muy lejana, por otra parte, a los planteamientos de Schliemann), la arqueología comenzó a convertirse en una ciencia que, a partir de los vestigios hallados en las excavaciones, buscaba conectar el pasado con el presente (y viceversa), o, lo que es lo mismo, explicar la cultura contemporánea a través de lo que fuera posible conocer de sus orígenes.
Se trata, por tanto, de algo más que de traer al presente vestigios del pasado y, por supuesto, de mucho más que de desenterrar objetos antiguos. Se trata, en efecto, de interpretar tales vestigios, de conocer profundamente a través de ellos la cultura de la que proceden… y, finalmente, de comprender nuestra cultura actual, en cuanto consecuencia de aquélla.
Sin embargo, a lo largo de la historia no siempre ha existido este concepto de arqueología que hoy nos resulta tan incuestionable.
En los primeros siglos de nuestra era, no existía un verdadero interés por los restos materiales de civilizaciones anteriores: eran meros testimonios de pueblos antiguos, pero no servían para interpretar la historia.
Durante la Edad Media, no se supera esta visión de los restos procedentes de culturas anteriores, ya que la historia del mundo se rige por la narración bíblica, lo que impone una datación muy peculiar con respecto a los orígenes del hombre, y además todos los aspectos de la cultura se contemplan a la luz del cristianismo, lo que supone reutilización o, peor aún, destrucción de vestigios de civilizaciones paganas.
El Renacimiento supone una recuperación de la antigüedad clásica, y en este sentido los vestigios grecorromanos representaban una importante fuente de información. Puede decirse que es en esta época cuando nace la arqueología como actividad, aunque todavía está muy lejos de tener una dimensión histórica, que dé un significado profundo a los hallazgos. En efecto, los renacentistas se interesan por los restos materiales desde un punto de vista fundamentalmente artístico, y así, constituyen una fuente de inspiración para los artistas, o un objeto de deseo para los mecenas, procedentes de la nobleza o de la alta jerarquía eclesiástica, que, como anticuarios, enriquecen con ellos sus colecciones privadas. De este modo, en esta época nos encontramos actitudes tan dispares como la creación del Museo Capitolino, promovido por el papa Sixto IV, o la imitación llevada a cabo por Miguel Ángel de un conjunto escultórico que representaba a Laoconte y que fue descubierto en la época, o incluso la utilización de piedras procedentes del Coliseo para la construcción de la basílica de San Pedro.
Según ese movimiento que con frecuencia trazan las corrientes culturales, en el Barroco pierde fuerza la búsqueda de restos procedentes de un pasado ya superado. Sin embargo, un siglo después, en el XVIII, vuelve el impulso recuperador de la antigüedad: se recupera el interés por las excavaciones, triunfa el arte neoclásico, inspirado en los cánones grecorromanos…
Si hay un personaje al que debemos atribuir el impulso experimentado por la arqueología es Winckelmann. Él es el primero en superar el mero afán expoliador de las excavaciones con un propósito de coleccionar, atesorar, imitar… Él analiza sistemáticamente los restos desde un punto de vista artístico, susceptibles de ser clasificados, ordenados cronológicamente… Si algo se le puede achacar es que se centra demasiado en los aspectos estéticos de las piezas halladas, y no tanto en su significado histórico.
En el primer tercio de este siglo se produce el mayor hallazgo arqueológico de la historia, si no desde un punto de vista artístico, sí desde un punto de vista cultural: bajo la lava y las cenizas que arrojó el Vesubio el 20 de agosto del año 79, yacían escondidas dos ciudades: Pompeya y Herculano. El endurecido sedimento las había conservado tal y como eran; el tiempo se había detenido en ellas, para mostrárnoslas, sin el inevitable deterioro de la acción humana, diecinueve siglos después. Aquellas eran ciudades prácticamente vivas, que nos hablaban del modo de vida cotidiano en el siglo I: la tienda con sus productos, el horno con el pan cociéndose, el prostíbulo con sus pinturas sugerentes, los talleres con sus herramientas… Y, lo que es más importante, sus habitantes… o lo que quedaba de ellos: el hueco dejado por sus cuerpos en la lava al solidificarse, que Goldsmit rellenó con yeso para devolverles el volumen. Los restos que las excavaciones encontraban ya no eran piedras, mosaicos o frescos, en definitiva cosas: eran personas, animales inmortalizados en el último instante de su vida. Pero claro, aún tenía demasiada fuerza el neoclásico afán por recuperar el arte grecorromano, y aquellos vestigios no aportaban demasiado al arte: el afán por encontrar tesoros intactos y poseerlos llevó en algunos casos a una excavación más arrasadora que selectiva.
Ese mismo afán de posesión fue el que, pretextando un desinteresado proteccionismo, movió al gobierno británico a “rescatar” de un supuesto peligro de ruina obras de arte atenienses tan emblemáticas como los frisos del Partenón.
Pero ya bien entrado el siglo XIX la ciencia arqueológica (que ya puede denominarse así, aunque sus principios difieran todavía de los que actualmente la rigen) adquirirá nuevos derroteros. Schliemann no pretendía buscar tesoros, ni siquiera obras de arte: movido por su amor a los textos homéricos, dedicó sus esfuerzos a encontrar el emplazamiento de la antigua ciudad de Troya. Y así, siguiendo las fuentes literarias, excavó en la colina de Hissarlik. Quizás le sobrara entusiasmo legendario y le faltara un poco de rigor científico, pero Schliemann dio con muros que él identificó con el palacio de Príamo, un fabuloso tesoro que él imaginó perteneciente a la bellísima Elena, y unas tumbas en las que dedujo que reposaban Agamenón y sus compañeros. La crítica posterior pondría de relieve la inexactitud de aquellas atribuciones, pero lo que hoy es incuestionable es que dio con la ciudadela de Micenas, cuna de una civilización anterior al esplendor helénico. Curiosamente, aquel arqueólogo movido por un espíritu más legendario que científico, vino a introducir un nuevo matiz en la ciencia de la búsqueda de vestigios del pasado: lo que interesaba no era ya tanto la posesión de obras de arte, sino la recuperación del espacio, el tiempo, el ambiente en que se había desarrollado una civilización que constituía los cimientos de la nuestra.
Entre tanto, a mediados de ese mismo siglo XIX, os científicos se estaban preguntando por el origen del hombre, o lo que es lo mismo, por la prehistoria humana. Según la teoría evolucionista, defendida por Lyell o Darwin, la existencia del hombre se remontaba a no menos de cien mil años, durante los que se produjo una evolución en la especie humana a partir de animales de la familia de los primates. Los restos paleontológicos hallados en las distintas capas de la tierra llevaron a científicos como Martillet o Lubbock a distinguir entre cuatro edades: la de la piedra tallada, la de la piedra pulimentada, la del bronce y la del hierro. El paso de una etapa a otra respondería a un proceso de evolución, lo que llevaría a deducir a Morgan que tal proceso consistía en una progresión desde el salvajismo a la civilización, y, lo que es más, que tal desarrollo tecnológico entrañaba un desarrollo moral. Sin embargo, esta teoría no constituía sino una explicación del origen de la cultura occidental y una justificación de su supuesta superioridad, tras una larga evolución hacia la perfección. Y es que la teoría evolucionista nació en el marco de una Europa colonialista, necesitada de justificar el intervencionismo político y cultural… y por consiguiente económico. Tal vez por ello, frente al evolucionismo surgió el difusionismo, que pretendía explicar cómo era posible que en un continente como América, aislado de Europa, se produjera una evolución cultural paralela que había alcanzado un nivel equivalente al europeo.
En la actualidad, la arqueología se inclina más hacia una postura intermedia, que podríamos denominar evolucionismo multilineal o difusionismo modificado, y que se inspira en los postulados de Vere Gordon Childe: las civilizaciones son el resultado de un proceso de evolución, pero las líneas de evolución no son únicas: cada cultura evoluciona de un modo diferente, en función de factores tan dispares como el medio ambiente, los contactos interculturales, las migraciones, las invasiones…
En cualquier caso, plantearse la existencia de una prehistoria dentro de la evolución de la humanidad, lo que sí supuso fue la introducción de una visión historicista de las sucesivas civilizaciones. Desde esta perspectiva (no muy lejana, por otra parte, a los planteamientos de Schliemann), la arqueología comenzó a convertirse en una ciencia que, a partir de los vestigios hallados en las excavaciones, buscaba conectar el pasado con el presente (y viceversa), o, lo que es lo mismo, explicar la cultura contemporánea a través de lo que fuera posible conocer de sus orígenes.
Etiquetas:
arqueología,
clásica,
Schliemann,
vestigios,
Winckelmann
Suscribirse a:
Entradas (Atom)