Mostrando entradas con la etiqueta Winckelmann. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Winckelmann. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de febrero de 2010

6. Arqueología. Hacia la profesionalización de la arqueología clásica

En la segunda mitad del siglo XVIII, Winckelmann había planteado la Historia del Arte antiguo como una búsqueda de la esencia del arte, a partir de los conceptos absolutos de belleza y perfección. En este sentido, la arqueología se concebía casi como una actividad complementaria a aquélla, en tanto que permitía descubrir las obras de arte dejadas por las civilizaciones antiguas y establecer con ellas una evolución estilística; la interpretación de los restos materiales de la antigüedad respondía más a un criterio estético que historicista.

Sin embargo, en el siglo XIX la concepción sobre la arqueología comienza a experimentar un importante giro cualitativo hacia la profesionalización. Quizá uno de los personajes que más contribuyera inicialmente a ese cambio de rumbo fuera Heinrich Schliemann. Y no precisamente por que la suya fuera una visión científica de la arqueología. Él no pretendía buscar tesoros, pero tampoco obras de arte; no buscaba ni el valor material ni el valor estético de los restos materiales de las antiguas civilizaciones. Guiado por el fervor literario hacia las obras de Homero, y también un poco por la intuición, se propuso localizar el emplazamiento de la ciudad de Troya: no le importaban tanto las esculturas o las joyas como recuperar el espacio y, de algún modo, el tiempo en que se había originado la civilización prehelénica, cuna de la griega, inspiración de la romana… y en consecuencia raíz de nuestra propia cultura. Y así, las excavaciones dirigidas por él en la colina de Hissarlik sacaron a la luz los restos de la civilización micénica (el entusiasmo literario llevó a Schliemann a interpretar que los restos de aquel palacio pertenecían al del rey Príamo, y que las tumbas halladas junto a la Puerta de los Leones eran las de Agamenón y sus compañeros; pero esa es otra historia que no resta un ápice de valor al descubrimiento).
Ya a mediados del XIX había autores que percibían la condición multidisciplinar de la Historia, y dentro de ella consideraban altamente valiosa la aportación de la arqueología. Así, por ejemplo, Theodor Mommsen, en su Historia de Roma, analiza la antigüedad romana combinando aspectos tan dispares como el derecho, la filología, la literatura, la epigrafía, el arte y, por supuesto, los yacimientos arqueológicos.
Pero será el pensamiento positivista de finales de siglo el que introducirá en el método arqueológico aspectos cercanos a los presupuestos científicos: si la historia es el resultado de la evolución de las civilizaciones, los restos materiales que éstas nos han legado nos aportan una valiosa información sobre ellas, al clasificarlos según una secuencia ordenada, en lugar de agruparlos en función de criterios estéticos. Asimismo, la evolución biológica, contemplada ahora desde una perspectiva de evolución cultural, se interpreta como la aspiración a una mejor calidad de vida por parte del hombre.

En efecto, a medida que nos adentramos en el siglo XX, la arqueología va dejando de ser una mera búsqueda de restos materiales que clasificar y con los que llenar las vitrinas de las salas de los museos: la escultura y la arquitectura prácticamente están ya agotadas como fuentes, y empieza a interesar más la información proporcionada por la cerámica o la numismática, en cuanto que, como objetos de uso cotidiano, aportan datos fiables sobre el modo de vida o la economía.
De acuerdo con el método de Winckelmann, la arqueología clásica se ocupaba de clasificar los materiales que tenían forma artística. Pero para algunos autores, como Bianchi Bandinelli, la arqueología no debe ser un método de Historia del Arte, sino más bien un semillero de interpretación de la Historia a través de los restos materiales de las antiguas civilizaciones. Atrás han quedado los tradicionales métodos arqueológicos (fueran expoliadores o selectivos), y comienzan ahora los modernos razonamientos sobre arqueología. La Historia es una ciencia multidisciplinar; es, en palabras de Jacques Le Goff, “una ciencia global del hombre en el tiempo”, y por tanto requiere la reflexión sobre aspectos como el arte, la economía, la sociedad, la geología, la geografía, etc.
Y así, la excavación exhaustiva deja paso a la excavación estratigráfica: no se trata ya de sacar a la luz todo tipo de restos, sino de irles dando un significado cronológico para contribuir a la reflexión sobre la evolución cultural que conecta el pasado con el presente a través de algo más que de una mera yuxtaposición de etapas.
Este concepto unilineal de la historia parte de la idea de que todas las civilizaciones tienen un origen común, y su evolución consistiría en un mayor o menor desarrollo tecnológico, que les permitiría mejorar su calidad de vida y elevar sus cualidades morales. Sin embargo, otros autores, como Vere Gordon Childe, proponen un evolucionismo multilineal, según el cual la evolución histórica de cada pueblo es diferente, pues depende de sus circunstancias peculiares, de tal modo que puede no pasar por las mismas etapas evolutivas, sin que eso signifique que se encuentra menos desarrollado. El evolucionismo unilineal partía de una evolución a través de unas fases comunes a la especie humana, y buscaba por tanto lo común en los restos de todas las civilizaciones, con el fin de comparar unas con otras y establecer en qué etapa de esa evolución se encontraba cada pueblo. El evolucionismo multilineal, en cambio, presta más atención a los rasgos diferenciadores de cada pueblo, a su proceso psicológico, al margen del de sus vecinos.
La arqueología procesual, o Nueva Arqueología, de la que Lewis R. Binford es el principal representante, discurre en un sentido semejante: analiza todos los restos materiales que configuran la cultura de un pueblo: objetos artísticos y de uso común, pero también huesos, flora, fauna, disposición del terreno, etc. Todos ellos aportan datos económicos, tecnológicos, artísticos, sociales, religiosos… La reflexión sobre tan diferentes hallazgos materiales dentro de su entorno permite establecer conclusiones de carácter antropológico. De este modo, el estudio de las grandes etapas evolutivas de la humanidad ha dado paso al intento de recuperación de los pasados locales.
La arqueología marxista, representada por Robert Malina y por el propio Gordon Childe, centra su estudio en la infraestructura del grupo humano: las relaciones de producción entre los hombres son las que provocan los cambios (innovación o regresión). La evolución de la historia responde, por tanto, más a cambios internos que a cambios externos.
Por último, la arqueología postprocesual, encabezada por Ian Hodder, parte de la idea de que para extraer conclusiones relativas a la cultura, el método científico no basta por sí solo: para analizar la cultura de un pueblo hay que contemplar diferentes perspectivas, de tal modo que sea posible relativizar, debatir y criticar todos los datos. Frente a las “ciencias duras” como método complementario a la arqueología, los postprocesuales propugnan las “ciencias blandas”, tales como la sociología, la psicología, la antropología, etc.

martes, 2 de febrero de 2010

Arqueología 5. El redescubrimiento de la antigua Grecia en el siglo XVIII

En el siglo XVIII se produce en la Europa occidental la confluencia de una serie de factores sociales y culturales en torno al legado de la Grecia clásica, que contribuirán decisivamente a materializar el paso del rococó al neoclásico. El inevitable agotamiento de dicha corriente, hasta la que había derivado el sobrecargamiento barroco, dio lugar, como reacción, a una búsqueda de la sencillez y la naturalidad, y en este sentido el ejemplo más adecuado no podía encontrarse sino en la antigüedad clásica: volver la mirada hacia los orígenes, hacia los cimientos de nuestra cultura, era garantía de estar tomando como referente lo esencial, la idea, la belleza en estado puro.

Siglos atrás, ya había vuelto Europa los ojos hacia la antigüedad, y entonces fue la Roma clásica la que sirvió de espejo en el que mirarse (pues, en el fondo, el Renacimiento buscaba en ella poco más que un mero modelo estético). Pero ahora, la concepción ilustrada de la Historia concibe ésta como una evolución, un desarrollo en las civilizaciones, y no como una simple sucesión de acontecimientos. Así pues, si se pretendía buscar apoyo en los cimientos originarios, en la auténtica esencia del clasicismo, había que ir más allá de Roma, pues en cierto modo la cultura romana no había sido sino una adaptación, incluso una desvirtuación, de la griega: había que viajar a Grecia. Y no sólo en sentido metafórico; también en un sentido físico, geográfico.

En efecto, el recién despertado filohelenismo invita a no pocos arqueólogos a rescatar del olvido y la destrucción las ruinas griegas, a la sazón en manos del invasor turco. La Sociedad de Diletantes, una institución británica formada por cultos y refinados gentelmen aficionados a la arqueología, y en especial al legado clásico, financia expediciones a Grecia, como la de Nicholas Revett y Richard Chandler, y contribuye a la publicación de obras como Antigüedades de Atenas y Antigüedades de Jonia, en las que se recogen reproducciones de monumentos clásicos, con datos sobre su emplazamiento, detalles de inscripciones, etc. La difusión de estas obras por la Europa del momento constituye una aportación esencial a aquella corriente de filohelenismo.

Durante el siglo XVIII y principios del XIX, se extiende también la costumbre de realizar lo que se denominado el “grand tour”: los jóvenes de familias acomodadas inglesas realizaban un viaje al continente con el fin de culminar sus estudios con un baño de cultura clásica. Y si Roma representaba el máximo esplendor del clasicismo, Grecia constituía su esencia, su origen: allí se encontraban los escenarios en los que se habían desarrollado la Ilíada y la Odisea, y allí, en aquellos lugares y entre aquellas gentes, latía el mismo espíritu que había animado la creación de tan magníficas epopeyas. Las impresiones recogidas por estos jóvenes estudiantes, muchos de ellos petimetres pero algunos otros grandes intelectuales, resultaron sumamente valiosas para la conservación del legado helénico.

Pero sin duda el personaje que más contribuye a consolidar el ideal clásico es Johann Joachim Winckelmann (quien, paradójicamente, nunca pisó tierras griegas). Éste revoluciona el método arqueológico: atrás había quedado la simple búsqueda de objetos con un fin meramente atesorador o crematístico, que había caracterizado el procedimiento practicado por los “arqueólogos” medievales; pero ahora él consigue superar también los métodos de datación y clasificación seguidos por los anticuarios del XVII. Winckelmann crea un lenguaje para analizar las obras buscando en ellas la expresión de la belleza que encierran y la emoción que producen. Según su interpretación, en la Grecia antigua, en el marco de un clima político y cultural que promueve la libertad individual y el desarrollo del arte, la naturaleza se siente como un todo bello y armonioso, y los artistas buscan (y, para él, alcanzan) la perfección al imitar la naturaleza. En su obra La historia del arte en la antigüedad, Winckelmann propone que los artistas del momento deben imitar, ya no los modelos clásicos, como hicieron los renacentistas, sino la forma de imitar la naturaleza que practicaron los artistas griegos, buscando en ésta la belleza ideal, la esencia misma de las cosas.

A principios del siglo XIX, tiene lugar el hecho que mejor refleja la impulsiva corriente de protección del patrimonio artístico de la Grecia antigua que se había desatado durante el siglo anterior: la adquisición de los frisos del Partenón por parte del gobierno inglés para su exhibición en el Museo Británico. En la actualidad, este traslado se considera casi unánimemente como un expolio, y esta es la razón por la que no se deje de demandar su devolución. Sin embargo, en aquel momento se entendió como una necesidad de conservar un patrimonio que se estaba destruyendo: había que proteger para las generaciones futuras aquella expresión de los orígenes de la cultura europea. Y esa necesidad se confirmó cuando los turcos, que hasta entonces no había demostrado sino menosprecio por tan singulares ruinas, no tuvieron reparo en venderlas y permitir que salieran de Grecia. Los frisos del Partenón, ya instalados en el Museo Británico, se convirtieron para los estudiantes de Bellas Artes en una auténtica escuela de dibujo, lo que constituyó un elemento más para la difusión de la corriente neoclasicista por Europa.

Hemos considerado hasta aquí cómo una serie de factores tan diferentes como el “grand tour” de los estudiantes ingleses, el patrocinio de las expediciones arqueológicas por parte de la Sociedad de Diletantes, la necesidad de encontrar una alternativa al agotado rococó por vía de la sencillez y la naturalidad, los trabajos de Winckelmann e incluso el paternalista traslado de los frisos del Partenón, confluyeron en un movimiento neoclásico, y específicamente neohelénico, que hizo a Europa volver los ojos hacia la antigua Grecia. Pero eso no es todo. La culminación de esta corriente se produce cuando aquellos países europeos que habían enriquecido su bagaje cultural poniendo su mirada en la antigua civilización que había constituido su origen, ahora llevados de un impulso romántico de defensa de la libertad, convierten su filohelenismo en un programa político que identifica la Grecia actual con el espíritu griego clásico que se intentaba recuperar; y así, apoyan a Grecia en su lucha por la independencia (1821-1827) frente a la ocupación turca, considerando que, de algún modo, con ello se recuperará el espíritu de libertad que caracterizó la época de esplendor de la patria de Homero, Pericles y Fidias.

Arqueología 1. Aproximación a la arqueología

Desde un punto de vista etimológico, la arqueología es la ciencia que trata de lo antiguo: estudia los restos materiales de las culturas de épocas pasadas, encontrados generalmente bajo tierra.
Se trata, por tanto, de algo más que de traer al presente vestigios del pasado y, por supuesto, de mucho más que de desenterrar objetos antiguos. Se trata, en efecto, de interpretar tales vestigios, de conocer profundamente a través de ellos la cultura de la que proceden… y, finalmente, de comprender nuestra cultura actual, en cuanto consecuencia de aquélla.
Sin embargo, a lo largo de la historia no siempre ha existido este concepto de arqueología que hoy nos resulta tan incuestionable.
En los primeros siglos de nuestra era, no existía un verdadero interés por los restos materiales de civilizaciones anteriores: eran meros testimonios de pueblos antiguos, pero no servían para interpretar la historia.
Durante la Edad Media, no se supera esta visión de los restos procedentes de culturas anteriores, ya que la historia del mundo se rige por la narración bíblica, lo que impone una datación muy peculiar con respecto a los orígenes del hombre, y además todos los aspectos de la cultura se contemplan a la luz del cristianismo, lo que supone reutilización o, peor aún, destrucción de vestigios de civilizaciones paganas.
El Renacimiento supone una recuperación de la antigüedad clásica, y en este sentido los vestigios grecorromanos representaban una importante fuente de información. Puede decirse que es en esta época cuando nace la arqueología como actividad, aunque todavía está muy lejos de tener una dimensión histórica, que dé un significado profundo a los hallazgos. En efecto, los renacentistas se interesan por los restos materiales desde un punto de vista fundamentalmente artístico, y así, constituyen una fuente de inspiración para los artistas, o un objeto de deseo para los mecenas, procedentes de la nobleza o de la alta jerarquía eclesiástica, que, como anticuarios, enriquecen con ellos sus colecciones privadas. De este modo, en esta época nos encontramos actitudes tan dispares como la creación del Museo Capitolino, promovido por el papa Sixto IV, o la imitación llevada a cabo por Miguel Ángel de un conjunto escultórico que representaba a Laoconte y que fue descubierto en la época, o incluso la utilización de piedras procedentes del Coliseo para la construcción de la basílica de San Pedro.
Según ese movimiento que con frecuencia trazan las corrientes culturales, en el Barroco pierde fuerza la búsqueda de restos procedentes de un pasado ya superado. Sin embargo, un siglo después, en el XVIII, vuelve el impulso recuperador de la antigüedad: se recupera el interés por las excavaciones, triunfa el arte neoclásico, inspirado en los cánones grecorromanos…
Si hay un personaje al que debemos atribuir el impulso experimentado por la arqueología es Winckelmann. Él es el primero en superar el mero afán expoliador de las excavaciones con un propósito de coleccionar, atesorar, imitar… Él analiza sistemáticamente los restos desde un punto de vista artístico, susceptibles de ser clasificados, ordenados cronológicamente… Si algo se le puede achacar es que se centra demasiado en los aspectos estéticos de las piezas halladas, y no tanto en su significado histórico.
En el primer tercio de este siglo se produce el mayor hallazgo arqueológico de la historia, si no desde un punto de vista artístico, sí desde un punto de vista cultural: bajo la lava y las cenizas que arrojó el Vesubio el 20 de agosto del año 79, yacían escondidas dos ciudades: Pompeya y Herculano. El endurecido sedimento las había conservado tal y como eran; el tiempo se había detenido en ellas, para mostrárnoslas, sin el inevitable deterioro de la acción humana, diecinueve siglos después. Aquellas eran ciudades prácticamente vivas, que nos hablaban del modo de vida cotidiano en el siglo I: la tienda con sus productos, el horno con el pan cociéndose, el prostíbulo con sus pinturas sugerentes, los talleres con sus herramientas… Y, lo que es más importante, sus habitantes… o lo que quedaba de ellos: el hueco dejado por sus cuerpos en la lava al solidificarse, que Goldsmit rellenó con yeso para devolverles el volumen. Los restos que las excavaciones encontraban ya no eran piedras, mosaicos o frescos, en definitiva cosas: eran personas, animales inmortalizados en el último instante de su vida. Pero claro, aún tenía demasiada fuerza el neoclásico afán por recuperar el arte grecorromano, y aquellos vestigios no aportaban demasiado al arte: el afán por encontrar tesoros intactos y poseerlos llevó en algunos casos a una excavación más arrasadora que selectiva.
Ese mismo afán de posesión fue el que, pretextando un desinteresado proteccionismo, movió al gobierno británico a “rescatar” de un supuesto peligro de ruina obras de arte atenienses tan emblemáticas como los frisos del Partenón.
Pero ya bien entrado el siglo XIX la ciencia arqueológica (que ya puede denominarse así, aunque sus principios difieran todavía de los que actualmente la rigen) adquirirá nuevos derroteros. Schliemann no pretendía buscar tesoros, ni siquiera obras de arte: movido por su amor a los textos homéricos, dedicó sus esfuerzos a encontrar el emplazamiento de la antigua ciudad de Troya. Y así, siguiendo las fuentes literarias, excavó en la colina de Hissarlik. Quizás le sobrara entusiasmo legendario y le faltara un poco de rigor científico, pero Schliemann dio con muros que él identificó con el palacio de Príamo, un fabuloso tesoro que él imaginó perteneciente a la bellísima Elena, y unas tumbas en las que dedujo que reposaban Agamenón y sus compañeros. La crítica posterior pondría de relieve la inexactitud de aquellas atribuciones, pero lo que hoy es incuestionable es que dio con la ciudadela de Micenas, cuna de una civilización anterior al esplendor helénico. Curiosamente, aquel arqueólogo movido por un espíritu más legendario que científico, vino a introducir un nuevo matiz en la ciencia de la búsqueda de vestigios del pasado: lo que interesaba no era ya tanto la posesión de obras de arte, sino la recuperación del espacio, el tiempo, el ambiente en que se había desarrollado una civilización que constituía los cimientos de la nuestra.
Entre tanto, a mediados de ese mismo siglo XIX, os científicos se estaban preguntando por el origen del hombre, o lo que es lo mismo, por la prehistoria humana. Según la teoría evolucionista, defendida por Lyell o Darwin, la existencia del hombre se remontaba a no menos de cien mil años, durante los que se produjo una evolución en la especie humana a partir de animales de la familia de los primates. Los restos paleontológicos hallados en las distintas capas de la tierra llevaron a científicos como Martillet o Lubbock a distinguir entre cuatro edades: la de la piedra tallada, la de la piedra pulimentada, la del bronce y la del hierro. El paso de una etapa a otra respondería a un proceso de evolución, lo que llevaría a deducir a Morgan que tal proceso consistía en una progresión desde el salvajismo a la civilización, y, lo que es más, que tal desarrollo tecnológico entrañaba un desarrollo moral. Sin embargo, esta teoría no constituía sino una explicación del origen de la cultura occidental y una justificación de su supuesta superioridad, tras una larga evolución hacia la perfección. Y es que la teoría evolucionista nació en el marco de una Europa colonialista, necesitada de justificar el intervencionismo político y cultural… y por consiguiente económico. Tal vez por ello, frente al evolucionismo surgió el difusionismo, que pretendía explicar cómo era posible que en un continente como América, aislado de Europa, se produjera una evolución cultural paralela que había alcanzado un nivel equivalente al europeo.
En la actualidad, la arqueología se inclina más hacia una postura intermedia, que podríamos denominar evolucionismo multilineal o difusionismo modificado, y que se inspira en los postulados de Vere Gordon Childe: las civilizaciones son el resultado de un proceso de evolución, pero las líneas de evolución no son únicas: cada cultura evoluciona de un modo diferente, en función de factores tan dispares como el medio ambiente, los contactos interculturales, las migraciones, las invasiones…
En cualquier caso, plantearse la existencia de una prehistoria dentro de la evolución de la humanidad, lo que sí supuso fue la introducción de una visión historicista de las sucesivas civilizaciones. Desde esta perspectiva (no muy lejana, por otra parte, a los planteamientos de Schliemann), la arqueología comenzó a convertirse en una ciencia que, a partir de los vestigios hallados en las excavaciones, buscaba conectar el pasado con el presente (y viceversa), o, lo que es lo mismo, explicar la cultura contemporánea a través de lo que fuera posible conocer de sus orígenes.